El recordado y recientemente fallecido locutor Alfredo Norniella protagonizó, hace algunos años, un conmovedor encuentro con la historia de su niñez al visitar la casa donde creció en el Ensanche Sur, en un emotivo viaje guiado por la nostalgia, la memoria familiar y una palmera imborrable.
Un viaje en el tiempo hacia el barrio Ensanche Sur
La memoria y los afectos se entrelazan de manera poderosa cuando nos enfrentamos a los espacios que forjaron nuestra niñez. Un invaluable documento audiovisual, capturado por el periodista José Viñuela y difundido recientemente a través de su canal de CiberPeriodismo, nos devuelve una faceta profundamente íntima y humana del inmenso Alfredo Norniella. El material registra el día en que la histórica voz de la televisión y el folclore chaqueño regresó a la casa donde transitó los primeros nueve años de su vida, ubicada en el tradicional barrio Ensanche Sur (jurisdicción de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña).
El escenario de este reencuentro se sitúa en la calle Lisandro de la Torre, o en su antigua denominación y numeración histórica "rivaló 216", como el propio Alfredo se encarga de memorizar con exactitud milimétrica. Con la voz quebrada por la emoción y los ojos empañados por las lágrimas, Norniella describe el terreno donde, en los tiempos de su infancia, el paisaje era diametralmente distinto. Rememoró la época en la que el predio servía como lugar de aterrizaje para helicópteros de una empresa dedicada a combatir plagas de langostas, configurando los recuerdos imborrables de un Chaco pionero, rudo y en pleno desarrollo.
La palmera de las "picuías": el símbolo de la resistencia emotiva
Si bien la estructura y la fisonomía de la ciudad mutaron drásticamente a lo largo de las décadas, un elemento orgánico sobrevivió estoicamente al paso del tiempo para convertirse en el hilo conductor de la historia: una imponente palmera ubicada en el patio delantero de la propiedad. Para el locutor, este árbol representaba muchísimo más que simple botánica. "Aquí he cuidado de los nidos de las picuías (pequeñas palomas de la región) en esta palmera. Esa era la altura de la palmera cuando se han ido las picuías y ha crecido bastante igual que yo", relata Norniella frente a la cámara, invadido por una mezcla de nostalgia y asombro.
En el relato, Alfredo cuenta sobre sus orígenes humildes, destacando que nació bajo "un techo de zinc, piso de ladrillo y paredes levantadas en barro". Recordó además que, cuando cumplió nueve años de edad, su familia tomó la valiente decisión de trasladarse definitivamente a la ciudad de Resistencia persiguiendo un objetivo irrenunciable: el futuro profesional y académico de sus hijos. "Se sacrificaban mucho con mi madre, querían que sigamos estudiando. Mis hermanos cumplieron con el sueño de mi padre y de mi madre, menos yo que no tengo título universitario", bromeaba entre sollozos, agradecido por la incansable dedicación de sus progenitores.
La "causalidad" mágica del encuentro con los dueños actuales
El momento cumbre de la jornada se produjo cuando los actuales dueños de la vivienda salieron a la vereda. Según relataron frente al micrófono de Viñuela, el encuentro pareció estar guionado por el destino. La propietaria de la casa narró que, mientras descansaba, escuchó lo que ella interpretó como "una invocación o una oración" dirigida a la palmera que ella misma siempre había protegido frente a cualquier intento de modificación arquitectónica.
Al abrir la puerta, se encontró con la imponente figura de Alfredo Norniella, lo que generó un diálogo cargado de respeto mutuo y revelaciones sorprendentes. "Yo no creo en las casualidades y no creo en las causalidades. Todo se une por todo. La señora ama esa palmera como yo siempre la defendí", expresó Alfredo, descubriendo que la actual dueña también llegó a vivir a esa casa precisamente a los nueve años, al igual que la edad a la que él se había marchado.
La palmera, según la propietaria actual, no solo era un refugio de aves chaqueñas, sino que se había convertido en un epicentro de su propia vida familiar y social, siendo testigo del noviazgo de la pareja dueña de casa e incluso de varias parejas de amigos. "Cada vez que tratamos de reconstruir esta casa, yo dije: cualquier cosa menos la palmera", sentenció con firmeza la dueña de hogar.
Un gancho de luz como legado inamovible
El asombro de Norniella no concluyó con la preservación del árbol. En un rincón del exterior de la vivienda, observó con perplejidad un antiguo y oxidado soporte metálico, que originalmente sostenía el cableado de la luz eléctrica, y que fue colocado por su padre décadas atrás.
El actual propietario masculino, visiblemente conmovido por la situación, reveló que durante recientes trabajos de pintura en la fachada, el operario encargado le había sugerido retirar el viejo herraje para "no descompaginar con la arquitectura" moderna. Sin embargo, en una decisión dictada por la intuición y el respeto a la historia de la casa, el dueño se negó rotundamente. "No me toques ni la palmera ni eso", fue la orden del propietario, argumentando que conservaría el gancho para colgar un adorno "llamador de ángeles".
Alfredo, al escuchar la anécdota, resignificó el valor de ese hierro oxidado: "No era un llamador de ángeles... es un llamador de mis padres, de mis hermanos... es el nombre de un padre y una madre que con mucho sacrificio criaron a sus hijos para ser alguien en la vida en la sociedad del Chaco".
El recuerdo imborrable de un referente
El rescate y difusión de este emotivo encuentro por parte de CiberPeriodismo nos permite dimensionar, más allá del personaje público y el comunicador intachable, a la persona sensible y conectada orgánicamente con sus raíces. A través del recuerdo de Jesús Humberto y Epifania (sus padres), y de sus hermanos Héctor, Raúl, Jesús Omar, Alberto y Alicia, Alfredo Norniella dejó grabado en la vereda de su infancia un testimonio imborrable de amor, gratitud filial y pertenencia.
Hoy, ante la dolorosa ausencia de la voz más emblemática del nordeste argentino, este archivo se eleva como un homenaje necesario. Alfredo ya no está físicamente, pero, tal como deseó frente a las cámaras aquel emotivo día en Sáenz Peña, su memoria sigue intacta, resguardada en el cariño de los chaqueños y sostenida, firme y apuntando al cielo, igual que la inquebrantable palmera de su antigua casa en el Ensanche Sur.
